Mitos: La esposa caracol – 우렁 각시

Érase una vez un hombre soltero que no conseguía casarse debido a su pobreza. Un día salió a trabajar al campo, hincó el azadón en la tierra y se quejó, cansado de su vida solitaria, suspirando en voz alta:

– ¿De qué me sirve cultivar este arrozal si no tengo con quien compartir la comida ni mi vida? 

Y, de repente, una inesperada vocecita le contestó:

– ¿Con quién vas a compartirlos? ¡Conmigo!

El hombre, sorprendido, miró por todos lados sin encontrar a nadie. Entonces reiteró su queja prestando atención a una posible respuesta. Sorprendentemente, la vocecita provenía de un caracol tan grande como el tamaño de un puño que se escondía entre las plantas del arrozal. El hombre se lo llevó a su casa y una vez allí lo guardó en un cántaro de agua situado en la cocina.

articulo 2

Al día siguiente salió a trabajar y cuando volvió a casa tras su jornada se encontró sobre la mesa un cuenco de arroz humeante recién hecho junto a apetitosos manjares. Además, la casa estaba ordenada e impecable. Esto se repitió al día siguiente y durante todos los días consecutivos. Intrigado por descubrir quién limpiaba y cocinaba diariamente tan exquisita cena, un día fingió marcharse al campo y volvió sigilosamente a su casa al poco rato.

Maravillado, observó que el caracol que había recogido se transformaba en una hermosa doncella de la cual se enamoró instantáneamente por su belleza y buen corazón. Le rogó que fuera su esposa y a partir de ese día vivieron felices juntos, repartiéndose el trabajo y gozando de la vida conyugal.

El hombre estaba tan enamorado de su mujer que quería tenerla siempre consigo, tanto durante el trabajo en el arrozal como cuando iba al monte a por leña. Ya que eso no era posible, la esposa le regaló un retrato de sí misma para que lo acompañara a todas partes. Un día el hombre partió a la cima de una montaña vecina para cortar leña y, tal y como hacía siempre, clavó el retrato de su mujer en el tronco de un árbol para contemplarla mientras trabajaba.

artículo 3

Repentinamente, se levantó una tormenta y un fuerte viento arrancó el retrato del árbol llevándoselo muy lejos. El retrato voló por los aires hasta acabar en el jardín del palacio real, donde se encontraba el rey dando un paseo con su séquito cuando llegó a sus pies. Cuando el rey recogió el retrato y vio el hermoso rostro de la joven, se enamoró perdidamente y ordenó a sus hombres que buscaran a la muchacha por todo el reino para luego llevarla ante él.

Tras varios días, los soldados del rey encontraron a la muchacha y se la llevaron a la fuerza, desatendiendo los ruegos tanto del marido como de ella, que clamaban su condición de mujer casada. Una vez en palacio, el rey la tomó como su concubina cubriéndola de joyas y regalos.

A pesar de que era la esposa preferida del rey, la joven no hacía más que suspirar por más tiempo que pasara. El rey, que no la había visto sonreír nunca, le dijo:

– Querida mía, pídeme todo aquello que desees. Haré cualquier cosa por ti con tal de verte sonreír.

La joven le propuso que la dejara dar un banquete para necesitados durante tres meses y el rey aceptó. Desde que se abrió el banquete llegaban al palacio tanto indigentes de todo el reino como de lugares más lejanos. La muchacha los recibía uno a uno y los invitaba a comer hasta quedar saciados sin perder la esperanza de encontrar a su marido, al cual no había olvidado.

El último día de esos tres meses, cuando la muchacha estaba a punto de perder la esperanza de reencontrarse con su amado, llegó un mendigo vistiendo sucios harapos con un gran sombrero de paja lleno de agujeros que resultó ser su marido. Ella lo reconoció al instante y esbozó una enorme sonrisa de alegría. Al verla tan cambiada y más bella que nunca, el rey le dijo:

– Si tanta alegría te produce ver a este andrajoso pordiosero, me pondré sus ropas.

Entonces, el rey le ordenó al hombre que se desvistiera y se intercambiaron las vestimentas. La joven empezó a reírse palmoteando de felicidad y el rey se puso a bailar para que se riera aún más.

En ese momento, la joven llamó a los guardias y les ordenó que echaran del palacio a ese mendigo que no guardaba la compostura ante el rey. Los guardias se lo llevaron sin reparar en sus clamores y, a partir de ese día, la bella e inteligente esposa caracol y su marido vestido con la ropa del rey gobernaron con sabiduría y felicidad durante muchos años.

artículo 4

En esta leyenda coreana vemos recompensada a la gente de campo trabajadora y de puro corazón con un buen matrimonio, fruto de un buen acto que guarda cierta consonancia con la tradición de los cuentos de hadas. A pesar de producirse un conflicto en el cual se produce la separación de los amantes a causa del injusto rey, finalmente hay un reencuentro y triunfa el amor.

Además de la protagonista femenina, aparecen dos personajes masculinos totalmente opuestos que se disputan el amor de la mujer caracol. Por una parte, el marido aparece como alguien pobre, hacendoso, honesto, agradecido y enamorado. Por otra, aparece el rey como figura con poder, adinerado, egoísta, avaro e injusto. Estos personajes arquetípicos hacen que el lector se posicione en la historia y sienta un especial aprecio por el marido pobre que posee exclusivamente cualidades positivas en contraposición al rey, que aparece totalmente degradado. Por tanto, en esta leyenda se reivindican las características humanas y, sobre todo, el amor sobre el dinero o el poder.

Esta intención didáctica que subyace en el hilo argumental se complementa con un intento de caracterización de los roles de la pareja. Por una parte, el «hombre ideal» (íntimamente relacionado con las cualidades de príncipe azul en los cuentos de hadas) aparece como alguien trabajador, fiel, cortés, fuerte, productivo, activo, honesto y respetuoso que necesita ganarse la vida fuera de casa. Y por otra parte, tenemos a la mujer ideal que es bella, leal, hacendosa, pura, pasiva, paciente, inteligente y se dedica a las tareas domésticas. Por tanto, podemos pensar que esta no es exactamente una historia que hable a los niños ya que, aunque está básicamente libre de violencia y es de tema fantasioso, tiene algunas ideas subliminales de roles de género. Sin embargo, para entender completamente la proyección y el auténtico sentido de esta historia tenemos que retrotraernos, brevemente, al pensamiento filosófico coreano.

Para poder hacernos una buena idea acerca de cómo perciben el mundo los coreanos es esencial el estudio de Antonio J. Doménech del Río, coreanista y profesor de la Universidad de Málaga, Los coreanos y su cosmovisión. Sin embargo, debido a su complejidad y para no extendernos demasiado, depararemos brevemente en los roles tradicionales de los sexos basados en el ying y el yang y en la influencia confuciana que subyace en el pensamiento coreano.

Por una parte, contamos con dos fuerzas universales opuestas que se complementan: el yin (음) y el yang (양). Tal y como indica el doctor Doménech: Con el Um se asocia la tierra, lo femenino, la suavidad, la oscuridad…Y con el Yang, la actividad, luz, dureza, cielo y todo lo que representa el sexo masculino. Por tanto, si extrapolamos este pilar del pensamiento a los roles entre sexos, habría que entender a la pareja como la unión de un hombre y una mujer que logran el equilibrio perfecto complementándose por naturaleza. Dentro de esta concepción ideológica hay que señalar el papel activo y creador que se le atribuye al hombre y el pasivo y nutridor que identifica a la mujer.

Esto ligado a la proyección exterior del hombre (fuera de casa, trabajando) y la interior de la mujer (en casa, criando a los hijos), además de la preestablecida idea de que la mujer debe seguir a los hombres con los cuales tiene parentesco, nos viene de la teoría confuciana y puede hacernos pensar que detrás de todo esto se esconde cierta desigualdad y el establecimiento de roles casi dogmáticos que se han producido prácticamente en todas las culturas del mundo. En mi opinión, sin entrar en valoraciones subjetivas, es tan interesante como necesario conocer en profundidad la tradición filosófica milenaria que hemos heredado y ser capaces de actualizarla y amoldarla a nuestras necesidades para optimizar al máximo el conocimiento que se traduce en nuestro bienestar cotidiano.

Cambiando de tercio, la transformación del caracol a mujer puede ser una reminiscencia de nuestra tradición latina con las Metamorfosis de Ovidio (Metamorphoseon) y de Apuleyo (Asinus aureus) o incluso de Franz Kafka. En estas obras se producen mutaciones físicas de los protagonistas en estrella, asno y escarabajo, respectivamente. El hilo argumental, el desarrollo y la intencionalidad de dichas obras distan totalmente de este mito coreano y, además, la metamorfosis que se produce en este relato no parece ser especialmente relevante ya que no se desencadena ninguna acción que no pudiera ocurrir de forma humana, pero sí nos crea un ambiente mágico, como de cuento de hadas, que aporta una dinámica más fantasiosa.

Asimismo, es interesante que analicemos, aunque sea de forma somera, la simbología del caracol. Básicamente suele significar energía femenina, fertilidad, protección, vida y comunicación, anticipando las cualidades que tiene la protagonista de esta leyenda.

Debido a su belleza y formal en espiral, el caracol es uno de los símbolos ancestrales presentes en todas las culturas. Expresa la reconexión espiritual e intuitiva del ser humano con el Cosmos, el dinamismo vital y la elevación. Representa también el aspecto atemporal en el cual el tiempo no es lineal, sino cíclico. Es un símbolo lunar universal que, en esencia, significa la regeneración periódica. Con todo este simbolismo, no es de extrañar que incluso exista una empresa coreana dedicada la puericultura que haya elegido denominarse 우렁 각시.

Del mismo modo, el caracol posee una gran capacidad de exploración que lo hace indagar por todos los rincones y superficies, convirtiéndose en una herramienta sensorial, sobre todo sus antenas, con las que percibe al mundo. Según las fases de la luna se abren al mundo o permanecen encerrados dentro de sí. Se comportan de una forma muy particular, introspectiva, encerrándose en sus caparazones si perciben peligro o riesgo y, tal y como señala Jérome Baschet: el caracol constituye la forma del corazón de manera que permite entrar en el corazón o salir del corazón para ir al mundo… A la vez que se abre al exterior preserva su interioridad, se abre al otro volviendo hacia sí mismo. Este simbolismo de una fecunda interacción entre el interior y el exterior es invocado para dar a entender la principal misión asignada a los caracoles.

En resumen, en este bello y breve relato coreano tenemos una gran riqueza creadora, simbólica, didáctica y una transmisión de valores como la fidelidad, pureza, cortesía, laboriosidad, empeño, justicia y, sobre todo, el amor, acordes con la idiosincrasia coreana y extrapolables a un ámbito universal que nos hace sentirnos más identificados en las cosas que realmente importan, a pesar de la distancia kilométrica.

Fuentes: Baschet. J., (2005): La Rébellion zapatiste, Flammarion, París ; KBS World ; www.euskadiasia.com.

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